Siete años siendo mamá

Han pasado siete años desde que nació Vera. Siete. A veces siento que fue ayer cuando estaba aprendiendo a darle teta, a usar los pañales de tela (y a lavarlos), y otras veces siento que he envejecido veinte años en el proceso y que nunca volví a ser la misma… Eso en definitiva.  Antes de Vera salía hasta sin ganas. Ahora de vez en cuando me dan ganas de salir, pero la logística de dejar a la criatura con alguien me da flojera. La maternidad como mamá soltera es como hacer un MBA intensivo en logística, finanzas, negociación, primeros auxilios y manejo de crisis… pero sin graduación, sin sueldo, siendo explotada al nivel maximísimo y sin vacaciones…

Vera, mi hija que ya tiene 7 años, empezó segundo grado de primaria. ¡Segundo grado!

Yo todavía estoy procesando el hecho de que ya no es un bebé, ni siquiera “mi niña chiquita”. Ahora tiene opiniones, argumentos, mochila cientoquinientos cumpleaños… y claramente más vida social que yo. La vi entrar a su salón ya casi sin despedirse, emocionada por ver a sus amigos, conocer a su nuevo tutor, empezar a aprender cosas nuevas (venía haciendo Count Down desde hacía días porque se quería ya ir al cole!), caminando como si el mundo fuera suyo —porque, en realidad, lo es— y sentí ese clásico combo emocional: orgullo desmedido con una pizca de “¿en qué momento pasó todo esto?”.

Estos siete años no han sido fáciles. No voy a romantizar nada. Ser mamá soltera es agotador. Es levantarte enferma y seguir funcionando. Es trabajar aunque tengas miedo. Es revisar cuentas con Excel abierto y café frío al costado. Es preguntarte si lo estás haciendo bien, fingir que sabes lo que estás haciendo y de vez en cuando necesitar que una amiga o tu psicóloga te ayuden a reafirmarlo.

Pero la maternidad también es algo profundamente poderoso.

He visto a Vera crecer sana, fuerte, amorosa, resiliente. Y no uso esas palabras a la ligera. Es una niña feliz, aún cuando de vez en cuando se pone triste porque quisiera conocer a su papá (y ahi a mi me toca sostener, abrazar y contener). Y eso, en un mundo que a veces parece diseñado para complicarlo todo, es casi un milagro cotidiano. Es curiosa, es sensible, es intensa (sí, como su madre), y tiene una capacidad de adaptación que me asombra profundamente, hasta el borde de las lágrimas porque yo quisiera volver a tener esa fortaleza (que creo que perdí cuando supe que me tenía que volver la super heroina de la niña que estaba a punto de nacer).

Me preocupo por el futuro al punto de provocarme insomnio.  Me preocupo porque Vera me ha pedido cambiarse el apellido. Me preocupo por las pensiones del colegio. Por los aumentos de todos los precios de todo. Pienso en los próximos años y en la responsabilidad enorme que implica sostenerlo todo sola. Porque no hay un “plan B” que sea otra persona. El plan soy yo.

Y, sin embargo, cuando hago un zoom out —porque a veces hay que hacerlo— me doy cuenta de algo: mi única gran preocupación es seguir trabajando para generar el dinero suficiente para mantener nuestro estilo de vida. No estoy peleando custodia. No estoy lidiando con conflictos eternos. No estoy enfrentando problemas de salud graves. No estoy en guerra constante con nadie.

Mi preocupación es pagar el colegio.

Y eso, honestamente, es un privilegio.

Agradezco profundamente que mi energía esté enfocada en construir, no en defenderme. En crecer, no en sobrevivir emocionalmente. En planear, no en apagar incendios ajenos.

Ser mamá soltera me ha obligado a ser más fuerte de lo que pensé que podía ser. También más organizada, más estratégica y, curiosamente, más suave en lo importante. He aprendido a elegir batallas. A soltar culpas inútiles. A aceptar que no todo tiene que ser perfecto para ser suficientemente bueno.

Y hay algo más.

Durante mucho tiempo postergué una parte mía: la mujer que ama viajar. La que se siente viva en aeropuertos, la que disfruta perderse en calles nuevas, la que respira distinto cuando cambia de paisaje. Me convencí de que no era el momento, que había prioridades más urgentes. Y sí, las había.

Pero ahora la quiero incluir a ella en esa parte de mi vida.

Quiero viajar con Vera. Quiero que conozca el mundo no solo por Google Maps, sino con los pies. Quiero que vea otras culturas, otros idiomas, otros horizontes. Quiero que entienda que su historia no tiene límites geográficos ni emocionales.

Si algo me han enseñado estos siete años es que el miedo nunca desaparece del todo. Solo cambia de forma. Pero también he aprendido que la gratitud puede convivir con la preocupación. Que el cansancio puede coexistir con la felicidad. Que la responsabilidad no está peleada con la aventura.

Hoy, viendo a mi hija entrar a segundo grado, entendí que no lo he hecho tan mal.

No perfecto. No impecable. No de Instagram.

Pero real. Sostenido. Firme.

Y eso, para mí, es suficiente.

Siete años después, sigo aquí. Más cansada, sí. Con más canas, más arrugada, probablemente. Pero también más segura, más consciente y más agradecida.

¿Que si cambiaría algo? ¡OBVIO! me encantaría ganarme la Tinka para vivir sin trabajar en una Isla Desierta comiendo todo lo quiera sin engordar… pero bueno, nada es perfecto en esta vida… ^_^

0
0

Bienvenidos a mi nueva Web

Los lunes son un día excelente para empezar algo nuevo. Y para continuar con algo que ya veníamos haciendo. Y para planear nuevas metas, hacer coordinaciones para lo que tenemos ya en mente, y tener un nuevo impulso para lo que venimos haciendo hace algunos días. En resumen, ¡los lunes son la voz! Sólo que hay que tomarlos con la mejor actitud (¡recuerden que todo es cuestión de actitud!), y verles el lado amable. ^_^

 

Así que hoy les presento mi nueva web, donde podrán ver las nuevas galerías de imágenes, y tener información más detallada de lo que hago con mi estudio de fotografía y videos. ¡Espero sus comentarios! ¡Gracias por leerme!

0
125